lunes, 15 de octubre de 2012

Arte en tu piel.

Pinto desde que soy muy pequeña, cuando seguía a mi hermana mayor estudiante de Bellas Artes por la casa, para saber "que hacían los mayores en esa escuela", cuando los folios eran material preciado y ser dueña de un rincón de ese blanco inmaculado le otorgaba el poder a toda mi imaginación  para seguir garabateando, para que el garabato se convirtiera en perfección o en su defecto y yo creo que virtud, expresión. Pinto desde que los cuchillos, bien afilados, hacían las veces de sacapuntas que, tras sesgar infinitas veces la mina de mi lapicero por las prisas de que mi madre no me descubriera con semejante objeto prohibido, conseguía esculpirlo perfectamente, como quien talla un diamante o enhebra su aguja. En aquellos tiempos solo una cosa podía entristecerme, quedarme sin papel en blanco.
Desde entonces, en mi mundo, el arte está en todas partes. Está en la comida de nuestras madres, en las cacerolas burbujeantes de los potajes de invierno, en los silbidos de un alma contenta que despierta en la mañana de un domingo de verano, en el castillo roto de arena de la fortaleza de nuestra memoria, en la tinta del bolígrafo que sustituímos por teclado, en las sonrisas inocentes, tímidas, seductoras, en las miradas impertinentes, sorprendentes y alentadoras, en las mariposas que inhundan un estómago de emociones, está entre la gente, las prisas, los olores y amores, en los mensajes tallados en las maderas de un banco de tardes de pitillo en primavera, en los naufragios de amor y los ahogos en pena, en las ilusiones estrenadas después de pasar tormentas, en los esfuerzos pacientes que siempre valen la pena, en las confidencias secretas con sabor a miel, el arte sin más remedio...está en tu piel.